España y Marruecos viven en estos momentos su particular “luna de miel diplomática”. Las visitas de Estados realizadas en los últimos meses, el decidido apoyo español en el seno de la UE para compensar a Marruecos por sus esfuerzos en materia migratoria, así como la propuesta del Presidente Sánchez al gobierno de Marruecos para celebrar el mundial de fútbol del 2030 de forma conjunta con Portugal son claros signos de ello. La apuesta decidida del ejecutivo español por estrechar relaciones con el reino alauí no hace sino mostrar la voluntad de España de entablar una relación estratégica y de confianza con quien es ya uno de nuestros aliados y nuestra puerta al continente africano.

Por todo ello debemos de felicitarnos, pues en estos casi diez siglos de historia común no ha sido siempre así. Desde la conquista de la Península, hasta los más recientes desacuerdos diplomáticos, nuestra convivencia se ha distinguido ante todo por un permanente clima de tensión. Una tensión propia de ser países-frontera de los dos mundos que separa el estrecho de Gibraltar.

Esta serie de diferencias, más aparentes que reales, han sido permanentemente una barrera infranqueable que ha impedido el acercamiento de ambos pueblos desde tiempos de la Reconquista; pueblos que a pesar de todo son vecinos y hermanos, más distantes de lo debido, pero más parecidos de lo que se cree.

Podríamos decir sin miedo, que pocos países en el mundo han tenido unas relaciones tan largas e intensas. Relaciones que tienen su origen en el inmenso legado histórico compartido, cuya transversalidad riega partes de nuestras vidas tan presentes en nuestro día a día como la gastronomía, el arte, el idioma, o nuestro propio estilo de vida. Una forma de entender el mundo que no hace sino estrecharse gracias al relevo de las nuevas generaciones.

Además de ello, los intensos intercambios comerciales de los recientes años muestran los sólidos lazos de forma cuantitativa. Y es que de hecho, el conjunto de las exportaciones e inversiones entre España y Marruecos suponen ya más del 10% del PIB marroquí. Existen así mismo importantes oportunidades de cooperación económica en materia de agricultura, turismo, industria textil, aeronáutica y automóvil, áreas en las que ambos países queremos seguir progresando y que son para ambos importantes motores para sus economías.

A ello sumamos la cooperación de los Ministerios de Interior de ambos países, que permite entre otros reducir la presión migratoria que viven las costas españolas, así como fortalecer el control sobre mafias y redes terroristas.

Debemos entender que para España, Marruecos es la plataforma para adentrarse en África, mientras que para Marruecos, España es el pasaporte para fortalecer su presencia en la Unión Europea y Latinoamérica. Actuaciones como la de 2012, en la que España hizo de Marruecos su invitado de honor durante los eventos iberoamericanos del aniversario de la Constitución de 1812, ponen este hecho de manifiesto, por lo que deben de repetirse por ambas partes.

Y para que esta relación simbiótica pueda ser fructífera, el acercamiento social y cultural es indispensable. Por ello, los grandes actores económicos de nuestras sociedades también han de hacerse responsables y colaborar en medidas que acerquen nuestros pueblos, promocionando y haciendo visibles la gran variedad de similitudes que compartimos.

Es precisamente en este ámbito donde se deben poner más esfuerzos, puesto que ambas sociedades aún no son conscientes de que tan solo traspasar estas barreras y acercarnos unos a los otros permitirá sentir a Marruecos como el verdadero aliado estratégico de confianza que debe ser. Eliminemos el tedioso recelo de la población española a conocer a nuestros vecinos marroquíes, y hagamos que los 14 kilómetros que nos separan, dejen de ser un océano.