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DE ASUNTOS PÚBLICOS

La promesa de progreso se desvanece y sólo tenemos malas respuestas

Joan Navarro

Hace unos días, un buen amigo me llamó la atención sobre la escasa relevancia que le damos a la situación internacional a la hora de explicar lo que ocurre en la política española. El centro-izquierda ha perdido su hegemonía en todas las democracias, la derecha tradicional está presionada por el crecimiento de la extrema derecha, los ciudadanos expresan en las calles demandas que los gobiernos se ven incapaces de gestionar. Si esto ocurre en todo el mundo y, también en España, una parte de las causas no pueden ser locales. Las carencias de nuestras instituciones, la partitocracia o la futilidad de los lideres políticos sólo pueden ser una parte de la explicación.

¿Qué tiene en común las crisis de representación política en EE. UU., Reino Unido, Italia o Brasil, por citar aquellos países que monopolizan titulares? ¿Qué gasolina arde en los contenedores catalanes, franceses, chilenos, bolivianos o en la rica ciudad de Bogotá? Con situaciones políticas y económicas distintas, todos sufren parecidas crisis.

Durante las décadas dulces de la globalización, la idea de un mundo abierto relevó a las agotadas democracias nacionales de su vieja promesa de seguridad y progreso. La globalización ha creado más riqueza, ha difundido los derechos humanos a lugares donde sólo había represión, ha formado la primera élite global que cree en las instituciones y el derecho como única forma de convivencia y que señala con el dedo las autocracias que todavía gobiernan buena parte del mundo.

Sin embargo, mientras que la clase media crecía, la desigualdad y la concentración de la riqueza en el interior de los países, también. Los datos no dejan lugar a dudas, hay más pobres en el mundo y también muchos más ricos. Pero la desigualdad no es sólo una medida económica; es, sobre todo, un indicador de posición personal, de identidad, de justicia social. Determinado grado de desigualdad es tolerable sólo mientras el ideal de progreso es creíble, no sólo por la promesa de mejorar las condiciones personales de vida, sino y, sobre todo, porque participar del avance de la sociedad, te permite sentirte miembro de la misma, te ofrece dignidad.

Ríos de artículos y ensayos nos alertan de la irrupción del precariado, los nuevos pobres que se resisten a serlo, los perdedores de la globalización. Únicos poseedores de rentas del trabajo con sus organizaciones tradicionales debilitadas (sindicatos y partidos) sienten que los servicios públicos cada vez les protegen menos. Sus títulos educativos, si los tienen, valen menos. Los políticos, si alguna vez confiaron en ellos, hablan menos de sus problemas. La nueva pobreza es sentirse socialmente invisible, prescindible y, sobre todo, tener la certeza de que el esfuerzo educativo de tus hijos no les garantizará una vida mejor.

Además, la misma revolución tecnológica que hace posible una economía globalizada, conecta a los ciudadanos; información y desinformación se consumen como entretenimiento, los costes de movilización disminuyen, las demandas sociales se atomizan, la política tradicional se desborda. ¿Como transformar en políticas de Estado, por ejemplo, la reivindicación de “dignidad” de los chalecos amarillos franceses, cuando ya disfrutan de altos niveles de protección y de servicios públicos?

Para esta difícil pregunta, la política apenas tiene malas respuestas; ni el equilibrio presupuestario, ni la onírica “Cataluña”, ni mucho menos la sustitución de las élites por el “pueblo” o por “España”, nos devolverán la promesa de progreso. Corbin acaba de anunciar una vuelta al Estado protector de los 80; tampoco le funcionará.

Sí, la política nacional sufre los mismos problemas y la misma falta de respuestas que en el resto del mundo.

Artículo originalmente publicado en El Siglo de Europa.