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rajoypuig

Tribuna de Joan Navarro, socio y vicepresidente de Asuntos Públicos de LLORENTE & CUENCA, publicada el 1 de diciembre en el semanario El Siglo de Europa:

Al nacionalismo debemos las páginas más tristes de la historia de España. El nacionalismo español se saltó la legalidad a principios del siglo pasado, contó con el apoyo del Ejército, ganó una guerra civil e impuso una cruel dictadura militar de hambre y miseria durante 40 años. Llevamos otros 40 intentando acabar con aquel pensamiento totalitario de curas, militares y caciques.

Pero sin nacionalismo no hay nación y la nuestra es de naciones y nacionalistas. La izquierda, ese otro pensamiento romántico que apela al individuo fraternal sin más territorio que su clase social, corroída de “fraccionalismo“, tuvo también su tiempo de fracaso.

Pero se equivocan los que reprochan a la izquierda sus devaneos con el nacionalismo, pues fue la izquierda y los nacionalismos moderados vasco y catalán los que acabaron finalmente con el franquismo, como antes habían contribuido a crear la II República. La modernización de la derecha nacionalista catalana antecede a la modernización de la derecha española. Sin nacionalistas vascos y catalanes no se entendería la Constitución Española, ni habría sido posible la gobernabilidad de España, ni se entendería el extraordinario proceso modernizador de España en términos económicos y de libertades sociales. Sin embargo, o los derechos son de las personas indistintamente de su comunidad política, o lo son de las comunidades políticas que los hacen posibles. El nacionalismo catalán nunca renunció a transformar su “singularidad cultural” en una diferencia política; al fin y al cabo, éste fue el pacto de siempre entre la derecha española y la derecha vasca y navarra, respetado en la Constitución en forma de concierto y derechos forales.

Fue Zapatero quien, con su republicanismo ético y su España Plural, removió las aguas de unos gobiernos autonómicos que, en apenas 30 años, habían pasado de ser nombrados “por Madrid” a los graneros de voto de sus propios partidos nacionales. De nuevo, una historia de naciones y nacionalismo. Liquidado el plan Ibarretxe por la izquierda y el Estatut catalán por la derecha (en forma de Tribunal Constitucional), fue la crisis económica lo que acabó con la “conllevancia” orteguiana. Aquel día en el que el president Mas accedía en helicóptero a un Parlament rodeado de “indignados”, el “hecho cultural” catalán se transmutó en “pacto fiscal” y en “España nos roba” tras el que las elecciones plebiscitarias arrojarían a la derecha catalana en manos de los separatistas de ERC y la CUP, quienes impusieron el delirio de la independencia unilateral, con todo el dramatismo del golpe parlamentario de septiembre hasta la patética fuga del president a Bruselas. Pero, en estos años, la derecha no solo ha aplicado el 155. Rajoy, devenido en eficaz bombero, fue antes el responsable que hábilmente utilizó el conflicto catalán para cultivar el voto del agravio, mientras fractura un Partido Socialista roto a su izquierda, con la construcción de Podemos, e internamente, por el conflicto entre su alma jacobina y la evidencia de que, sin el apoyo del nacionalismo moderado, no volvería a ser alternativa de gobierno en décadas.

Derrotada ETA, la política española ha girado en torno al conflicto catalán. Incluso Podemos encalló en las “convergencias” renunciando a la alternativa de gobierno a cambio de una cómoda confederación de izquierdas autónomas. De nuevo, el viejo “fraccionalismo” de la izquierda española. ¿Alguien duda del avance de la derecha, con la izquierda fraccionada y el nacionalismo moderado catalán desaparecido, en un país empobrecido, con servicios públicos en sus mínimos, salarios devaluados y la caja de la Seguridad Social literalmente vacía? ¿Quién recuperará la confianza de los millones de catalanes defraudados o asustados por la quimera secesionista? ¿Con quién logrará consensos la vieja o la nueva izquierda para hacer avanzar España? Tras el delirio nacionalista Cataluña no sólo no será independiente, sino que España puede perder un impulso del que no anda muy sobrada.

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