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ETA18750“Contra las elecciones, cómo salvar la democracia” de David Van Reybrouck.

Reseña de Joan Navarro, socio y vicepresidente de Asuntos Públicos de LLORENTE & CUENCA.

Si lo buscas en Google, encontrarás no pocas reseñas que clasifican este ensayo del joven filósofo flamenco como una más de las muchas obras que “cuestionan la democracia”.  No hay nada de eso, al contrario, cada línea de su trabajo ejemplifica un comprometido esfuerzo por hacer frente a lo que el autor denomina “síndrome de la fatiga democrática”, y que, con otros muchos autores, argumenta en una doble crisis de legitimidad y de eficiencia del sistema democrático, precisamente en el momento histórico de su mayor desarrollo en el mundo “nunca antes en la historia hubo tantas democracias y nunca antes este sistema de gobierno tuvo tantos seguidores como en la actualidad”.

Señala como síntomas de la “crisis de legitimidad” el paulatino incremento de la abstención en las democracias europeas, la mayor volatilidad en el comportamiento de los electores, y el descenso de afiliados a los partidos políticos y sus organizaciones de apoyo, coincidiendo (sin citarlo) con el diagnostico de Peter Main en “Gobernado el vacío”, y como argumentos a favor de una perdida de eficiencia de las democracias, el incremento de las dificultades de gobiernos y partidos, desde las dificultades para la propia formación de los gobiernos, hasta los problemas para el mantenimiento de los consensos básicos sobre los que efectuar la gestión de la agenda pública. En esta línea señala que “En Europa los gobiernos han perdido mucho prestigio y poder… Impotencia, es la palabra que caracteriza esta época: impotencia del ciudadano respecto al Gobierno, impotencia del Gobierno respecto a Europa e impotencia de Europa respecto al mundo”.

Especialmente interesante es su clasificación en cuatro diagnósticos. Cuando “la culpa es de los políticos: el diagnóstico es el populismo” al que no deja de denominar como “cursilería romántica”.  Si “la culpa es la democracia: el diagnóstico es la tecnocracia”, personas no elegidas pero reconocidas como expertos, empresarios, organismos transnacionales, independientes… “pero la eficiencia no genera legitimidad de forma automática. En cuanto llevan a cabo recortes, la confianza en el tecnócrata se desintegra con la rapidez con que se funde la nieve al sol”.  Cuando “la culpa es de la democracia representativa el diagnóstico es la democracia directa, bajo las fórmulas de We are the 99%, ¡Democracia Real Ya! y No nos representan. El propio autor reconoce que “ni el antiparlamentarismo ni el neoparlamentarismo conseguirán darle la vuelta a esta situación”. Obviamente nos guarda para el final su propio diagnóstico, cuando la culpa es de un tipo determinado de democracia representativa, esto es, la electoral. “Nos hemos convertido en fundamentalistas electorales. Despreciamos a los elegidos, pero idolatramos las elecciones… La humanidad lleva casi tres mil años experimentado con la democracia y apenas doscientos sirviéndose de las elecciones… un sistema que hasta las revoluciones (estadounidense 1776 y francesa 1789) solo se utilizaba para designar al nuevo Papa”.

Sigue el autor con una acertada y sumaria descripción del parlamentarismo como respuesta de la burguesía al Antiguo Régimen, así como su evolución “durante los dos siglos siguientes el sistema ideado en el siglo XVIII sufrió cinco transformaciones estructurales: el advenimiento de los partidos políticos, la introducción del sufragio universal, el auge de la sociedad civil organizada, la conquista del espacio publico por los medios de comunicación comerciales y finalmente el avance de las redes sociales” hasta llegar a la conocida descripción del ciudadano como consumidor y la “política nacional como serial diario, una radionovela con actores gratis”, descripción que el autor entronca de nuevo con el “síndrome de la fatiga democrática”.

Quizás sea la revisión histórica de la introducción al sistema electivo el apartado más sugerente. En “patogénesis” tras una revisión del funcionamiento de democracia ateniense y sus peculiar sistema de elección y sorteo, concluye que “la democracia ateniense no se puede considerar una democracia directa, sino una democracia representativa muy peculiar; no electoral y representativa” que el autor denominará “democracia representativa aleatoria”, esto es, “una forma de gobierno indirecta en la que la diferencia entre gobernados y gobernantes se obtiene por sorteo en vez de por elección”. David Van Reybrouck, entra de lleno en la tesis central de su obra, el sistema electivo como “reflejo aristocrático”, citando a Aristóteles al referirse “al uso de las suerte para la designación de los magistrados como una institución democrática. El principio de la elección, por el contrario es oligárquico”. Revisa las experiencias de Venecia y Florencia, para alcanzar la Ilustración. Su reflexión también abarca las palabras de Montesquieu en El espíritu de las leyes, 1748 cuando manifiesta que “el sufragio por sorteo  está en la índole de la democracia; el sufragio por elección es de la aristocracia”, y a Rosseau, en El contrato social 1762 cuando señala que “el nombramiento por suerte es más de la naturaleza de la democracia. En toda verdadera democracia la magistratura no es una preferencia, sino una carga onerosa que no se puede imponer con justica a un individuo más que a otro”.

Citando a Bernard Manin, apenas una generación después de las dos obras más influyentes sobre filosofía política del siglo XVIII,  menciona que “la idea de atribuir funciones publicas por sorteo había desaparecido casi sin dejar huella”. ¿Qué fue lo que ocurrió? Para el autor no fueron los aspectos prácticos  (el gran tamaño de las nuevas naciones, la imposibilidad de disponer de censos fiables, el escaso conocimiento del funcionamiento real del modelo ateniense a finales del XVIII)  sino la idea de democracia de los revolucionarios americanos y franceses en 1776 y 1789.

Los nuevos estados independientes americanos se instauraron como republicas, no como republicas democráticas. Para John Adams “una democracia jamás durará mucho tiempo”. Si bien, para James Madison las democracias  han dado siempre “el espectáculo de sus turbulencias y sus purgas”. Para los juristas, latifundistas, propietarios de fabricas y plantaciones con esclavos, la democracia no entraba en sus planes “debido a sus considerables privilegios económicos”. “El sistema representativo (por elección) tal vez fuera democrático por el derecho al voto , pero también era aristocrático debido al método de reclutamiento de candidatos: todo el mundo puede votar , pero la selección previa ya se ha realizado a favor de la élite”. “La Revolución francesa, como la estadounidense, no desalojó a la aristocracia para sustituirla por una democracia, sino que apartó a la aristocracia hereditaria para remplazarla por una aristocracia elegida”.

“Esta obra no es un tratado de filosofía política, sino una herramienta de agitación a favor de la revisión del funcionamiento de la democracia, y sobre todo, un intento de aportar soluciones a su crisis de legitimidad”

Para iniciar la “democratización del sistema electivo de voto censitario” tendremos que esperar al trabajo de Alexis de Tocqueville La democracia en América 1835 ya entrado el siglo XIX, quien curiosamente fue el primero en describir las tensiones que en su admirada democracia americana generaban los procesos electorales “el presidente está absorbido por su deseo de defenderse. No gobierna por interés del Estado sino por su reelección… A medida que las elección se aproxima, las intrigas se vuelven más activas y la agitación mas viva y difundida… la nación entera cae en un estado febril”. Sim embargo, en referencia a los Jurados nombrados mediante sorteo, Torqueville observa “El jurado sirve increíblemente para formar el juicio y aumentar las luces naturales del pueblo“.  Con la ampliación del derecho al voto, el sufragio universal y los partidos, no ya de notables, sino de masas, la democratización del sistema electivo, se desarrolla ya como un aspecto inseparable del sistema democrático.

Pero esta obra no es un tratado de filosofía política, sino una herramienta de agitación a favor de la revisión del funcionamiento de la democracia, y sobre todo, un intento de aportar soluciones a su crisis de legitimidad. En “remedios” el autor repasa las experiencias de democracia deliberativa, no solo desde la óptica de una mayor implicación (por tanto, mayor legitimidad) de un mayor numero de ciudadanos en las tareas de gobierno, sino de sus efectos prácticos a la hora de lograr mayores consensos y por lo tanto, mayor eficacia en las tareas de gobierno “el proceso de deliberación había vuelto a los ciudadanos mucho más competentes, había sofisticado sus juicios políticos” de donde se siguen experiencias de participación deliberativa en Canada, Islandia e Irlanda, para entrar de lleno en las propuestas (que no experiencias) sobre parlamentos en un sistema “birrepresentativo” por elección y sorteo, con bastante lujo de detalles que ya dejo para el lector.

“El sorteo, no es un acto irracional, sino arracional, es un proceso neutral con el que es posible repartir de forma justa oportunidades políticas y evitar desacuerdos. Limita el riesgo de corrupción (siempre sorteo va asociado a rotación) rebaja la fiebre electoral e incrementa el bien común. Puede que unos ciudadanos elegidos por sorteo no tengan la experiencia de los políticos profesionales, pero tiene algo distinto: libertad. No necesitan ser elegidos ni reelegidos”.

Y para finalizar, el autor sintetiza el gran dilema de la renovación. “Es indiscutible que el sistema democrático se debe renovar. La cuestión es cuando… ¿hacemos la actualización antes o después de la debacle?… Claro que no es fácil reparar un vehículo cuando está en marcha, pero aún es más difícil hacerlo cuando ha sufrido un accidente”

Al reflexionar sobre la obra por un momento me he podido imaginar una democracia en la que los partidos políticos han perdido su monopolio en la selección de las elites, pero siguen siendo útiles para la formación de las preferencias ciudadanas. Donde las legislaturas no acaban ni empiezan, pues el parlamento se renueva por partes, dando continuidad a las políticas de largo plazo, y posibilitando que sus señorías, mucho más sabios de lo que entraron al servicio publico, regresen a sus empresas y actividades profesionales, hasta que, en otra ocasión, la suerte les vuelva a llamar para este u otro cargo por sorteo. Adiós a las campañas electorales, esas farsas teatrales con las que ocultamos la realidad y la sustituimos por promesas asentadas en sueños irrealizables, con cuya identificación se puede ganar na cargo público. Por otra parte, y no menos importante, ¿cómo se transformarían los medios de comunicación?, prescindibles en la contienda, pero más necesarios que nunca en la búsqueda de la información que habrá paso al conocimiento. Se me vino a la mente cómo la política sustituyo a la violencia en la apropiación de los recursos más escasos y valiosos de una sociedad; el poder, el éxito y el reconocimiento. ¿Tanto habríamos cambiado, tres mil años después de las primeras metrópolis urbanas que exigieron formas nuevas de organizar la convivencia, la dominación, en realidad, que podríamos abandonar ya el látigo, hartos de sentirnos esclavos de nosotros mismos?.

El autor solo plantea un pequeño cambio, introducir el sorteo para la selección de una parte de nuestro cuerpo representativo, para mejorar la democracia representativa, no para sustituirla. Al terminar la lectura me he imaginado esa situación, por lo que solo puedo mencionar el buen efecto que causa esta lectura.

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