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“El lobby puede llegar a enfrentar una ética para los medios con otra según el fin, diluyendo los límites entre la ética personal y la deontología”

Alejandro Manso Noguerol

Consultor de Asuntos Públicos en LLORENTE & CUENCA

La ética en el ejercicio de la representación de intereses discurre por una calzada de ida y vuelta tan estrecha que en ella se llegan a diluir los límites entre la ética personal y la deontología. En otras palabras: el lobby puede llegar a enfrentar una ética para los medios con otra según el fin. Y en mitad, como sujeto, el lobista se ve en la obligación de contenerlas a ambas. Confiando en haber superado ya la demanda (non manifesta) para una regulación de los grupos de interés, dejemos atrás el tablero y sus reglas para dar paso a la finalidad del juego político. Quizás les suene: fácil, cortita y al pie. Ahí va un primer pase: ¿debería haber en él vencedores y vencidos?

Esta visión dualista de la que nos valemos cada día para ubicarnos con respecto a algo y su contrario es la misma culpable de que se le aplique un inoportuno filtro Inkwell a una foto del lobby que precisa más que nunca de matices (que no de zonas grises).

En el ejercicio de la representación de intereses no hay lugar para exposiciones imparciales. Sencillamente porque de haberlas, el desempeño del lobby jamás podría ser del todo justo. El motivo reside precisamente en esa calzada capaz de diluir los límites entre la deontología profesional y la ética personal: una ética permanente en la mediana se toparía siempre con un límite, ya sea hacia lo profesional por defecto ante la propia ética, o viceversa.

Por el bien empresarial; por el bien común

Pretender agotar la relación entre ética y lobby con apenas un poco de scroll sería lo más pretencioso desde que Grecia (miren por dónde) venciese cualquier lógica en Portugal durante aquel verano de 2004. Sobre todo, cuando la base de esta relación sigue siendo a día de hoy algo que se continúa investigando. Pero para lo que sí puede que nos baste sea para plantear (al menos) sus distintos enfoques.

Aunque antes volvamos solo un momento al punto de partida: la indiscutible legitimidad que cualquier organización tienen para representar sus intereses mediante el ejercicio del lobby (con i griega de regulado y transparente). Porque es a partir de este punto donde surge la gran pregunta: ¿cómo es posible que el lobby pueda llegar a enfrentar una ética para los medios con otra según el fin?

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Imagine que usted trabaja como lobista y plantéese el siguiente escenario: por ejemplo, el de una nueva regulación que pretenda reformular los límites de la propiedad industrial sobre patentes de medicamentos; y aterricémoslo ahora en un caso concreto: sobre aquellos medicamentos que tengan una incidencia directa en la erradicación de una enfermedad global. En otras palabras, pongamos que estemos hablando del descubrimiento de la vacuna contra una gran epidemia y que lo que pretenda esta nueva regulación sea limitar los ingresos a percibir por los laboratorios bajo el pretexto de la prevalencia de esta epidemia y la urgencia por erradicarla. Y ya, para completar la catarsis, pasemos el conflicto por el filtro mediático bajo un titular probable como “Las farmacéuticas presionan por las patentes mientras la mortalidad aumenta”. Y ahora dime tú, lobista, qué haces con eso.

El lobista es un lobo para el lobista

Valle solía comentar que en ocasiones deformar la realidad servía para comprenderla mejor. Al límite entra la ética y la deontología le pasa algo parecido: a veces de tan estrecho sólo se puede comprender si se estira hasta el extremo. De este modo se consigue también despejar la mediana y los propios límites de la ética, ya sean por exceso hacia lo profesional o por defecto hacia uno mismo.

Seguramente, la mayoría coincidamos en que las consideraciones morales no pueden ser algo ajeno durante el ejercicio del lobby. En otras palabras: un lobista tiene que distinguir entre que está bien y lo que está mal. De acuerdo hasta aquí si no plantease otro inconveniente: que está bien y qué está mal. Sin duda, representar los intereses que puedan afectar a una organización que se dedica a la trata de personas está (muy) mal, pero sin necesidad de irnos tanto hacia el arcén, ¿qué hay del caso concreto que proponíamos más arriba? ¿Puede estar bien al mismo tiempo pretender erradicar una enfermedad cuanto antes y defender los años de investigación de un laboratorio? Poniéndonos deontológicos, surge la duda de si una ética con un gran componente moral estaría alejando a la representación de intereses de su ejercicio justo.

Tal vez la clave entonces esté en desvincular la moral de la acción en sí y que ésta pase a depender de las consecuencias positivas o negativas que una u otra opción puedan tener. Si alguno se empezase a sentir algo incómodo, decirles para su tranquilidad que algunas de las mentes más brillantes de la historia se atrevieron a concebir el juego político como una realidad autónoma al margen de consideraciones morales. De modo que, según esto, ¿podría entonces estar bien al mismo tiempo pretender erradicar una enfermedad cuanto antes y defender los años de investigación de un laboratorio? La respuesta (y la culpa) la vuelve a tener nuestro lobista: será él quien, de acuerdo a la interpretación subjetiva que haga de una u otra opción, considere qué es más negativo, si ralentizar la erradicación de una epidemia o (por ejemplo) dar pie a que se desincentiven las inversiones para investigación en el futuro. Poniéndonos éticos, surge la duda de si una deontología arraigada en la subjetividad estaría alejando a la representación de intereses de su ejercicio justo.

¿Es que entonces el ejercicio de la representación de intereses jamás podrá ser del todo justo? El lobista es un lobo para el lobista.

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